Irina, la mujer de los mil rostros, que se abandona al primero que llega pero sueña con un marido fiel, aunque su pasión más intensa es una amiga lesbiana; que posa para fotos porno pero en el fondo es púdica; que desprecia a los hombres pero no puede prescindir de ellos; apasionada por Occidente pero buscando desesperadamente sus raíces espirituales en el pueblo ruso. Irina, vulgar y refinada, sórdida y noble, madre frustrada y puta perfecta, está a la altura de la bulimia que se ha apoderado de las letras soviéticas desde que han estallado los esquemas tradicionales de la novela socialista, dejando sitio a una nueva sed de transgresión. Sobre un fondo de vergüenza, de miseria, de alcoholismo, de rebeldía y de ocultismo, sobre un fondo, en fin, de auténticas tinieblas rusas, La bella de Moscú es uno de los primeros textos eróticos surgidos de esa reciente liberación, una mezcla explosiva de misticismo y pornografía. La realidad soviética de hoy sólo puede mostrarse a través de la desmesura y lo grotesco. Viktor Yeroféiev ha escogido la ironía, esa astucia de la nueva generación de escritores que sólo afirman para mejor negar.