Un evocador estudio sobre el imaginario que rodea a las nubes en la historia de la mística medieval y su influencia en el arte moderno. Mirar las nubes. Imaginar. ¿Quién no ha visto formarse en ellas extrañas figuras, rostros o animales monstruosos que se van deshaciendo para generar otras formas nuevas? Las nubes han sido siempre un « soporte elemental», como decía André Breton, que ha estimulado la imaginación. En la Edad Media formaban parte de las imágenes negativas, junto a las tinieblas o la noche, porque impedían ver a Dios; eran una invisibilidad que expresaba la supraesencialidad divina más allá de toda afirmación reductiva. En la modernidad, las nubes, esas « maravillosas nubes» en el verso de Baudelaire, han continuado incitando nuestras facultades visionarias y creando imágenes fantásticas, según puede apreciarse en textos como el de Thomas de Quincey. Los estudios sobre ellas en el paisajismo de los siglos XIX y XX resultan fascinantes, tanto como en los análisis meteorológicos; manchas que encontramos en la historia del arte, desde las obras de Meister Francke o Andrea Mantegna en el siglo XV, hasta las de Johann Georg von Dillis, Eugène Boudin o André Kertész.