Tim Curtiz, un escritor americano voluntariamente exiliado en Londres, vive de las crónicas sobre la ciudad que escribe para una elegante revista neoyorquina. Deambulando en busca de color local y anécdotas pintorescas, Tim descubre -y nos descubre- dos Londres muy distintos y extrañamente conectados entre sí: Uno, dickensiano, tenebroso, habitado por viejos cantantes de music-hall , por supervivientes de cacerías de leones en los últimos tiempos del imperio que ahora vegetan en sórdidas viviendas del ayuntamiento, y siniestras mafias que organizan combates clandestinos de boxeo thai. El otro es el relumbrante Londres de Mrs. Thatcher, con sus Docklands monumentales -en los que empiezan a aparecer las primeras grietas- y sus corredores de bolsa rápidamente enriquecidos -pero a quienes los avatares del libre mercado y un hado irónico pueden catapultar en un instante al submundo dickensiano, en el que jamás imaginaron que podrían caer. Y Tim Curtiz, un observador nada ajeno al mundo que mira, es el hilo conductor que enlaza las vidas de los jóvenes leones thatcherianos -Miles, el genio de la City; Victoria, creativa de una agencia de publicidad, que ya ha dejado setenta y seis amantes a sus espaldas (una lista nada importante comparada con la de sus amigas) y sufre la crisis de la mediana edad a los veintinueve años-, y los habitantes del otro Londres, el que no disfrutó de « la fisión nuclear de la riqueza» -Bernie, el último cockney auténtico, y William « Simba» Cochrane, que en los años treinta matara a un león con una navaja en un combate cuerpo a cuerpo.