Después de treinta años de crisis y empobrecimiento continuo, la Argentina es hoy un país dividido en dos. Por un lado, treinta millones de personas pueden -con más o menos problemas- imaginar y construir un proyecto de vida pensando en el futuro. En el otro país, al menos cuatro millones de argentinos viven en la indigencia y sin esperanza alguna y otros seis millones sobreviven como pueden, pasando de la pobreza a la indigencia en función de las crisis económicas y los fluctuantes números de la inflación. Son diez millones los que comparten una educación pobre para pobres: trabajo en negro que esclaviza y condiciones de vida deplorables. Los que vivimos en el país de los treinta millones muchas veces tenemos dificultades para mirar y entender lo que les sucede a los del « otro país». Prejuicios y temores nos hacen alejarnos, no querer escuchar e incluso recomendar soluciones represivas como única alternativa.