La narradora, para descifrar lo que ocurre en su casa, necesita acudir a la solidez, las fantasías, las casualidades y la lógica de una trama novelesca, que le servirá de espejo, de acicate, de « realidad verdadera» bajo su aspecto inverosímil. El autor reposa aquí su estilo, que respira en un relato apoyado en una rigurosa simetría, tan firme y dúctil que es capaz de soportar el peso de una ciénaga de cocodrilos presumiblemente inteligentes, los afanes misionales de varios religiosos y religiosas desconcertantes, las durezas y vaivenes de la reconciliación y el abandono, que viven nómadas y sedentarios de diversa condición. Si el novelista exige al lector la aceptación de su ofrecimiento extremado (la ficción como literalidad y como paroxismo), despliega a cambio, con la impavidez del impudor, una trama que crece, late, se extiende y culmina, sin concesión alguna a la plausibilidad y la contención. No es la prudencia la encargada de señalar los límites, sino esa lógica implacable y oscura que roe y empuja el corazón de toda trama que merezca tal nombre. Si Mutis , la primera novela de Álvaro del Amo, se dispersaba según el arte de la fuga, Libreto aplicaba las normas de la ambigüedad, y Contagio se sometía a la imposición de la síntesis, En casa se arriesga al despliegue de una jardinería frondosa y quizá desmedida, estricta y galopante, que, como aún parece inevitable con tan díscolo escritor, irritará como nunca o fascinará con mayor intensidad que hasta ahora.